Durante años, la narrativa del progreso en Colombia se ha alimentado de indicadores aislados. Por eso celebro que cada vez más contemos con estudios, análisis y mediciones en torno a una de las aristas de la diversidad: la equidad de género. En esta oportunidad, la reciente Medición Subregional de Brechas de Género 2026 de la Universidad del Rosario y el Consejo Privado de Competitividad devela avances que en el promedio nacional “conservan un saldo positivo frente a 2024” (promedio nacional pasó de 4.91 en ese año a 5.03 en el 2026), sin embargo dicho avance pareciera más una ilusión óptica, que una mejora sostenible. Sensación similar que deja el Global Gender Gap 2026 del World Economic Forum, al calificar los avances globales como “frágiles”.
Aunque 20 de los 33 territorios mejoraron en su índice general frente al 2024, con avances en las dimensiones sociales como Salud y Representación y Liderazgo, pareciera que la estructura económica real de los territorios se desmorona. La medición reporta – como dato más alarmante – como el 85 % de los departamentos sufrió un retroceso drástico en el pilar “Mercados”. Esto significa menos empleo formal, ingresos desproporcionadamente menores para las mujeres y un acceso restringido a servicios financieros; frente a este último, en línea con el informe Inclusión Financiera 2025 de SIC y Banca de las Oportunidades que señala como las “mujeres continúan presentando menores niveles de acceso al crédito”.
Colombia enfrenta una fragmentación severa. Un pequeño grupo de regiones —encabezado por Bogotá, Cundinamarca y Antioquia— concentra la infraestructura y las oportunidades, mientras que territorios periféricos que responden al 40% del territorio nacional como Amazonas, Vichada, Guaviare o Guainía quedan atrapados en un rezago estructural sistémico (Ni hablar del Chocó sumado a los efectos del reciente terremoto). Esta brecha territorial no es solo un problema de justicia social; es una fuga masiva de talento y competitividad que asfixia el crecimiento económico y la sostenibilidad regional.
Y aunque aún persisten diferencias de desarrollo histórico entre centro y periferia, esta realidad parece estar cambiando, no para bien. Sería factible pensar que Bogotá como capital política y económica del país lidera el avance en materia de cierre de brechas en los 6 pilares analizados, pero aunque está dentro del top 5 de los puntajes más altos en 4 de ellos (Cuidado, Bienestar, Acceso y Liderazgo), tan solo es líder en uno (Bienestar) y como el resto de las subregiones se rajó en Mercados y Educación. La brecha también llegó a la capital y definitivamente la radiografía no solo en equidad sino en desarrollo parece estar cambiando.
¿Qué explica esta parálisis? El cuello de botella sigue estando en la trinchera invisible de la vida cotidiana: la infraestructura y la carga del cuidado. Las mujeres continúan asumiendo de manera desproporcionada el trabajo doméstico y de atención familiar no remunerado, actuando como el ancla que les impide participar activamente en el mercado laboral formal (solo basta con ver el impacto de la economía del cuidado en la Encuesta Nacional de Salud 2026). Pretender cerrar las brechas de productividad sin resolver el problema del cuidado es un ejercicio de autoengaño.
Para el sector empresarial, las implicaciones son directas. Las estrategias corporativas de inclusión corren el riesgo de convertirse en retórica vacía si no abordan el problema de raíz. Promover talento femenino en la cima mientras se ignora la fricción que sufren las colaboradoras en su dinámica diaria genera un desgaste insostenible. La equidad real exige pasar del compromiso en papel a la ingeniería de la cultura organizacional.
Urge que las organizaciones diseñen culturas de alto impacto centradas en la corresponsabilidad y la flexibilidad estructural. Esto implica revisar la evaluación del desempeño basada en resultados y no en presencialidad, integrar modelos híbridos sostenibles y promover activamente la corresponsabilidad en el hogar desde las políticas de gestión humana. La sostenibilidad económica de los territorios y la capacidad de las empresas para retener el mejor talento dependen de romper este círculo vicioso. El mercado y el desarrollo del país no dan espera.