Las guerras, la covid-19 y el cambio climático disparan el hambre en el mundo

La Red Global contra Crisis Alimentarias advierte de que 193 millones de personas sufrieron inseguridad nutricional aguda en 2021, 40 millones más que en 2020

VBAO6S26ZJ2DCA4OS33IPHJVMI c57a0Kazy Zanapizo trabaja en sus terrenos de cultivo en Ambori, Madagascar, en febrero de 2022. Este país está a punto de sufrir la primera hambruna causada por el cambio climático.
ALKIS KONSTANTINIDIS (REUTERS)

Por: José Naranjo

Una combinación letal de conflictos, crisis económica derivada de la covid-19 y cambio climático ha elevado hasta 193 millones la cantidad de personas en situación de inseguridad alimentaria aguda en 53 países del mundo, según el Informe Global sobre Crisis Alimentarias 2021, hecho público este miércoles. Esta cifra representa un incremento de unos 40 millones de personas más sufriendo hambre severa con respecto a 2020. La Red Global contra Crisis Alimentarias, integrada por la Agencia de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), entre otros, es el autor del informe y destaca la importancia de potenciar la agricultura de los países afectados para tratar de revertir esta tendencia.

La guerra es, sin lugar a dudas, uno de los grandes impulsores del hambre en el mundo. Solo seis países que sufren algún tipo de conflicto representan el 80% del incremento de la inseguridad alimentaria aguda desde 2016. Se trata de la República Democrática del Congo (RDC), Afganistán, Etiopía, Sudán, Siria y Nigeria. De hecho, las peores crisis nutricionales del mundo en 2021 se vivieron en estos países, junto a Yemen, Sudán del Sur, Pakistán y Haití. El informe recuerda que en estos 10 territorios hay 134 millones de seres humanos sufriendo “un hambre tan severa que representa una amenaza inmediata para el sustento y la vida de las personas y que amenaza con deslizarse hacia la hambruna y causar muertes generalizadas”.

El informe global no recoge las consecuencias de la guerra de Ucrania, que estalló en 2022, pero advierte de que este conflicto ya está teniendo “impactos devastadores” para el hambre en el mundo debido a la interconexión y fragilidad de los sistemas alimentarios. En concreto, la dependencia de las importaciones de cereales o insumos agrícolas y la vulnerabilidad ante las subidas de los precios de los productos de primera necesidad es más acusada en aquellos países que ya sufren crisis alimentarias. Somalia, la RDC y Madagascar son un ejemplo de libro, pues obtienen casi la totalidad de su trigo de Rusia y Ucrania, un suministro que se ha visto ahora interrumpido.

Las perturbaciones en las cadenas comerciales derivadas de las medidas adoptadas para combatir la pandemia de covid-19 han generado un impacto igualmente negativo en las crisis alimentarias, lo que se ha dejado sentir directa o indirectamente en 48 de los 53 países analizados en el documento. La subida de precios, agudizada ahora por la guerra de Ucrania, representa una seria amenaza para la población de los países más desfavorecidos. Esta misma semana, Abebe Aemro Selassie, director para África del Fondo Monetario Internacional (FMI), alertaba de “los riesgos de agitación social” en este continente. Varios países, como Egipto, Kenia y Marruecos, han optado por subir el salario mínimo, pero muchos Estados más pobres no pueden asumir este coste tan fácilmente.

Los fenómenos climáticos extremos, como sequías o lluvias torrenciales, también están detrás del incremento de las crisis alimentarias y son responsables del hambre severa a la que se vieron expuestas 23,5 millones de personas en 2021. El ejemplo de Madagascar, donde no existen conflictos graves y hay 1,3 millones de habitantes en riesgo de hambruna y 14.000 que ya la sufren, es paradigmático. En el origen de esta crisis está una falta de lluvias prolongada que dura ya cinco años y que, a su vez, ha provocado una explosión de tormentas de arena debida a la erosión del suelo y a la deforestación de las últimas décadas. El PMA ha denominado a esta crisis “la primera hambruna del cambio climático”.

De las cinco categorías en las que se divide la gravedad de la inseguridad alimentaria, 570.000 personas estaban en 2021 en la fase cinco de catástrofe o hambruna, un 571% más que en 2016. Cuatro países, Etiopía, Madagascar, Sudán del Sur y Yemen, concentran a esta población. Somalia ya se ha unido a esta lista negra en 2022. El informe recoge que en la fase cuatro, llamada de “emergencia humanitaria”, había 39,2 millones de personas repartidas entre 36 países, mientras que en la categoría tres, de “crisis aguda de alimentos y medios de subsistencia”, se contabilizaron más de 133 millones. Por último, en lo que se conoce como “seguridad alimentaria límite” se registraron 236,2 millones de personas.

La Red Global contra Crisis Alimentarias, entidad integrada por 16 organismos de todo el mundo y autora del informe, plantea sin tapujos la necesidad de un cambio de estrategia. “Las perspectivas de cara al futuro no son buenas, la escala de las necesidades es desalentadora. Debemos reunir la voluntad política y medios financieros para detener el aumento constante del hambre aguda”, asegura. En este sentido, recuerda que desde el primer informe global en 2016 la tendencia de la inseguridad alimentaria ha sido creciente, mientras que la cantidad de dinero destinada a tratar de combatir este problema en los 55 países analizados alcanzó su nivel más bajo en 2020. “Si no hacemos más para apoyar a las comunidades rurales, la escala de la devastación en términos del hambre y la pérdida de medios de subsistencia será espantosa. Se necesita una acción humanitaria urgente en una escala masiva para evitar que eso suceda”, asegura el informe.

En este sentido, la Red Global contra Crisis Alimentarias plantea como prioridad la inversión en agricultura de los países afectados. Dos de cada tres personas afectadas por el hambre severa viven en zonas rurales dependientes de los cultivos. Pese a ello, este sector apenas ha logrado atraer el 8% de los fondos anuales destinados a seguridad alimentaria. “Necesitamos cambiar esta tendencia”, asegura el informe. La región de Tigray, en el norte de Etiopía, recibió unas 183.000 toneladas de ayuda humanitaria durante la guerra que sufre este país, pero pese a todas las dificultades, sus agricultores lograron producir 900.000 toneladas de cereales. Suministrar semillas y fertilizantes a este sector es más eficaz que distribuir ayuda, que además se puede ver interrumpida por la guerra.

En numerosas regiones de alto riesgo de hambruna se acerca la estación de lluvias y, por tanto, el periodo en que hay que plantar las semillas. La FAO calcula que necesita unos 1.400 millones de euros en las próximas semanas para reforzar la seguridad alimentaria. “Es una ventana de oportunidad, no hay tiempo que perder. La producción agrícola es posible y eficaz incluso en contextos de crisis difíciles. Lo sabemos porque ya lo hemos hecho en Sudán del Sur, Afganistán o Yemen”, añade el documento.

Fuente: EL PAÍS