Mensaje del DirectorFEBRERO 2026

POR UN MUNDO MÁS EDUCADO

Arquímedes, el gran matemático griego, dijo alguna vez: «Denme un punto de apoyo y moveré el mundo». Ya en el siglo XX, Nelson Mandela exponía que «la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo». Con este par de citas, al combinarlas, podemos expresar que la educación es la palanca que permite transformar realidades y promover el desarrollo personal y social.

Bajo esas premisas, el acceso a la educación para todos es fundamental para la sostenibilidad. Pero no cualquier educación; tampoco se trata únicamente de construir escuelas y dotarlas de equipamiento tecnológico —necesario, por supuesto—, sino de un cambio de visión: necesitamos garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad.

Claramente ha habido avances, y podemos decir que, como nunca en la historia de la humanidad, hoy existen personas con mayores niveles educativos y con una hiperconectividad que permite difundir todo tipo de información de manera instantánea. Sin embargo, esto no es suficiente y aún persisten desigualdades significativas. Más de 730 millones de adultos son analfabetos, con el agravante de que alrededor del 65 % de esta cifra corresponde a mujeres, según datos de la ONU y la UNESCO. Además, hay cerca de 60 millones de niños y niñas que no asisten a la escuela, y aproximadamente 250 millones de personas en edad escolar que no cuentan con competencias básicas adecuadas.

Bajo estas premisas, las empresas y organizaciones no pueden ser ajenas a los desafíos de la educación. Si bien no se trata de reemplazar la función del Estado, una acción responsable de sostenibilidad por parte de organizaciones de todos los tamaños implica apoyar activamente la educación de sus grupos de interés.

Surge inevitablemente la pregunta: ¿qué tipo de educación se requiere? Frente a ello, y con el único ánimo de contribuir a la reflexión —sin sentar una posición dogmática—, es claro que los avances tecnológicos, con una inteligencia artificial que a pasos agigantados va transformando la manera de abordar múltiples procesos, hacen aún más pertinente este cuestionamiento.

En primer lugar, a diferencia del pasado, cuando las certezas permitían avizorar con relativa claridad escenarios de largo plazo, hoy lo que vemos en 2026 será muy distinto de lo que ocurra apenas una década después, y ni qué decir de horizontes temporales mayores.

En este contexto, la educación debería centrarse, además del conocimiento necesario, en potenciar la capacidad de adaptación e innovación del ser humano a lo largo de toda su vida, desde la etapa prenatal hasta edades avanzadas, dadas las mejores expectativas de vida, en las que llegar a los cien años ya no sería una excepcionalidad.

¿Qué implica esto? Estar en permanente cambio exige un mayor nivel de autoconocimiento y el fortalecimiento de las denominadas habilidades blandas, que en la práctica se convertirán en las verdaderas habilidades duras. ¿Cuáles son estas habilidades? La lista puede ser amplia y diversa; sin embargo, de manera sintética, se destacan el pensamiento crítico —donde formular preguntas debe ser el eje central— y la capacidad para estructurar soluciones a problemas complejos. También es fundamental estimular la creatividad y la innovación, evitando quedar anclados en la idea de que “siempre se ha hecho así”, lo cual puede ser válido, pero no excluye la necesidad de reflexionar y promover ajustes y cambios cuando sea necesario.

Un viejo proverbio africano dice que «si quieres ir rápido, camina solo; pero si quieres ir lejos y permanecer, camina acompañado». En ese orden de ideas, el trabajo en equipo y la colaboración, desprovistos de miedos y desconfianzas, constituyen la base para afianzar un proceso educativo permanente y con altas probabilidades de éxito. Esto debe ir acompañado de una comunicación verdaderamente efectiva, donde escuchar, argumentar y expresarse con respeto sean los ejes centrales del diálogo para y con todos.

De igual manera, la inteligencia emocional —que incluye el autoconocimiento con autocrítica, la empatía y el manejo adecuado de situaciones complejas— forma parte esencial del desarrollo personal. La flexibilidad y la humildad para reconocer a los demás favorecen la adaptación y el aprendizaje continuo en un mundo que se acelera día a día. Finalmente, el liderazgo basado en el conocimiento y en una relación armónica con los distintos grupos de interés permite al individuo ser agente de su propio cambio y proponer a otros estrategias y acciones que contribuyan a que la sostenibilidad, entendida como la integración armónica de las dimensiones económica, social y ambiental, sea el patrón a seguir.

Cabe señalar que no se ha profundizado en los conocimientos técnicos y tecnológicos propios de las diversas áreas de la acción humana —sociales, económicas, ambientales, psicológicas, entre otras—. Sin duda, cada día se conoce más, se aprende más y se dispone de mayor información.

Por lo tanto, la interacción entre el conocimiento y un ser humano empático, sensible, innovador y en permanente búsqueda de la felicidad permite construir escenarios de mayor convivencia y tolerancia. En definitiva, saber hacer es tan importante como saber ser y convivir.

Este es el reto permanente y la invitación a seguir construyendo un mundo mejor para todos

Mauricio López
Director Ejecutivo, Pacto Global Red Colombia

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